a Roberto Domínguez Moro
Es una buena hora para despertarse,
en Corea del Norte desfilan las tropas
del ejército misterioso,
yo disfruto el lujo de 6.50-7.00 am
que es mirar este techo blanco
altísimo
porque vivo en un piso antiguo,
esperando a que vengas y me muerdas
la calentura del labio
y me sanes así, chamánicamente,
usando la medicina del dolor y la purga.
Tienen los coreanos cabezas nucleares
y las enseñan,
son verdes y están flanqueadas
por militares que desfilan muy rápido,
dando una especie de saltos que me inquietan mucho,
son las 6.55 y soy el príncipe de este vertedero,
de todos los vertederos de Madrid,
que por cierto, no me pertenecen;
parece ser que los misiles tienen un soporte informático
y que duermen con sus puntas redondeadas
apuntando a todas las personas
y a todas las ciudades que he querido y querré,
pienso en Roberto, que es un lobo
para el objetivo de la cámara de fotos,
como Ministro de Guerra,
y me río
y me peino en penumbra como si fuera un muñeco.
Es una buena hora para despertarse,
en Corea del Norte desfilan las tropas
del ejército misterioso,
yo disfruto el lujo de 6.50-7.00 am
que es mirar este techo blanco
altísimo
porque vivo en un piso antiguo,
esperando a que vengas y me muerdas
la calentura del labio
y me sanes así, chamánicamente,
usando la medicina del dolor y la purga.
Tienen los coreanos cabezas nucleares
y las enseñan,
son verdes y están flanqueadas
por militares que desfilan muy rápido,
dando una especie de saltos que me inquietan mucho,
son las 6.55 y soy el príncipe de este vertedero,
de todos los vertederos de Madrid,
que por cierto, no me pertenecen;
parece ser que los misiles tienen un soporte informático
y que duermen con sus puntas redondeadas
apuntando a todas las personas
y a todas las ciudades que he querido y querré,
pienso en Roberto, que es un lobo
para el objetivo de la cámara de fotos,
como Ministro de Guerra,
y me río
y me peino en penumbra como si fuera un muñeco.

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